18 de abril de 2015

Me ronrroneaba desde el armario III


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Decidí armarme de valor y levantarme de la cama. Lentamente arrastré los pies cubiertos por unos calcetines viejos. Serpenteé por el suelo hasta estar a un solo paso del armario. Se veía completamente negro salvo el brillo de sus ojos gigantes de sapo. Volvió a pestañear. Me dije a mi mismo que cuanto menos le temiera menos daño me haría, que si jugaba a su juego probablemente tendría ocasión de salir ganando. Esa idea fue la que me convenció para alargar los brazos hasta meterlos en la oscuridad del armario y palpar hasta encontrar su cara. Estaba a una altura mucho mayor que la mía, así que me subí con soltura sobre uno de los cajones que había dentro del armario. Le agarré por las mejillas. Estaban recubiertas de un duro pelo que recordaba a plástico, solo que era tan fino que pinchaba.

Pasé los dedos por sus mejillas y rodeé el rostro hasta encajar sus orejas entre el hueco de los dedos. Entonces deslicé el pulgar izquierdo por su mentón, el cual pinchaba tanto como sus mejillas. Subí hasta rozar el labio inferior, gélido y suave, y metí el dedo en su boca.

Su respuesta ante esto tardó en llegar, por eso cuando cerró de repente los labios en torno a mi pulgar me sobresalté dejando escapar un grito sordo. Instintivamente llevé mi pie derecho hacia atrás olvidando que estaba subido a unos cajones. Una súbita sensación de vértigo me subió por todo el cuerpo y me aferrí con más fuerza a su cabeza. Lejos de evitar caerme le arrastré conmigo fuera del armario y directo al suelo.

No recuerdo muy bien como conseguí librarme de que me aplastara al caer, pero doy gracias a mil dioses por ello. Él cayó antes que yo, dándose un duro golpe en la nuca y soltando un chirriante rugido prolongado. Cualquiera diría que con aquello ya estaba indispuesto para hacerme daño, pero no pensaba pecar de ingenuo.

Había conseguido la oportunidad de ganarle en su propio juego y no lo iba a desaprovechar. Mientras se lamentaba de forma patética en el suelo, me alcé y corrí a los cajones que tenía sobre mi escritorio. Rebusqué frenético aquello que me iba a salvar la noche. Levanté un sin fin de papeles garabateados, lápices, juguetes varios y en el fondo del todo vi un viejo mechero que guardaba por si acaso. Rápidamente agarré la tela que tenía más a mano, las sábanas de la cama. Se las eché encima del rostro, de lo cual no tardó en quejarse.

"¡No veo nada! ¡¿Dónde estás¡? ¡¿DÓNDE ESTÁS!? ¡NO SE TE OCURRA HACERME DAÑO! ¡TU TIENES QUE QUERERME!"

Con las manos temblorosas conseguí encender el mechero y prender las sábanas. La finura de la tela hizo que se consumieran bastante rápido y en unos segundos la habitación se llenó de olor a pelo quemado. Salté sobre mis pies, agarré a Cibercelia de debajo de la almohada y corrí hacia la puerta de casa.

¡Lo había conseguido! ¿De verdad? Me había acostumbrado tanto a la presencia de mi agresor que el simple hecho de plantearme que hubiese dejado de existir me inspiraba dudas. Sí, podía decir con seguridad que por fin me había librado de él.

Salí por la puerta trasera del piso de abajo y me senté en el jardín a ver como mi habitacion se iluminaba por el fuego en la oscuridad de la noche. Pronto un espeso humo hizo oscurecer la luz rojiza que salía por las ventanas. Mis dibujos pasaron a ser ascuas casi al instante y me sentí como si toda aquella habitación se estuviese purificando de su oscuridad.

Pronto los vecinos se alertaron y los bomberos extinguieron las llamas que persistían después de haberse quemado todos los papeles. No había sido un gran fuego, pero había acabado con lo que me importaba. Subí a mi habitación que todavía olía a cenizas y me acerqué al centro, donde le había echado las sábanas encima.

Allí estaban aquellos ojos, supervivientes entre una masa negruzca de plástico y metal achicharrado. Él podría haber sido derrotado pero esos ojos aviesos persistirían. Ya estaban sin vida y aun así dejaban entender que una vez pertenecieron a la criatura más hostil para un niño jamás creada.


2 comentarios:

  1. ¡jajaja, no me esperaba que fuera precisamente ESO lo que se ocultaba en el armario!...ay señor, con las cosas que me he llegado a imaginar que iban a pasar ahí dentro, al final va a resultar que tengo una mente un poco enferma...

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  2. Si es que estáis fatal, ni que diera a entender lo contrario!

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